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¿Por qué el consumo de vino per cápita en España ha caído un 20 % desde la irrupción del Covid en 2020?

El consumo de vino per cápita en España ha caído un 20,2 % desde el mes de febrero de 2020, cuando la aparición del Covid-19 en la ciudad china de Wuhan puso patas arriba el tablero geopolítico, económico y sanitario mundial. A principios de 2020, justo antes del estallido de la pandemia, la población de España se situaba en 47,3 millones de habitantes y el consumo de vino ascendía a 11,09 millones de hectolitros, lo que representaba una media de 23,4 litros por persona y año. Hoy, la población, alcanza los 49.570.725 de habitantes, con un incremento medio anual de alrededor de 400.000 residentes, pero el consumo, pese a ello, ha descendido hasta los 9,25 millones de hectolitros, es decir, 18,66 litros per cápita, acumulando una pérdida de más del 20 % en sólo seis años.

Los datos del Infovi, el sistema de información de mercados del sector vitivinícola, correspondientes al mes de enero de 2026, reflejan una caída del 6,3 % entre febrero de 2025 y enero de 2026, con una disminución de 627.374 hectolitros, según ha hecho público la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE). La población crece, pero el consumo de vino decrece, tanto en términos absolutos como relativos.

Los factores que explican el retroceso

Pero, ¿qué factores explican este retroceso y por qué el descenso sigue agravándose paulatinamente? Durante los últimos años, la situación económica internacional ha sufrido, primero, el tremendo impacto del coronavirus y, después, una sucesión de conflictos bélicos y políticos (aranceles incluidos) que ha derivado en una crisis de materias primas y un notable encarecimiento de la cadena de producción. No obstante, además del ambiente global que afecta al conjunto de la economía, el sector vitivinícola se ha visto sometido a un hostigamiento directo y diferenciado.

Por un lado, el Gobierno, la Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han financiado y propagado habituales campañas de criminalización contra el alcohol y, consecuentemente, contra el vino, defendiendo, de modo oficial, la política del “consumo cero”, una estrategia que desprecia tanto la consideración del vino como parte fundamental e imprescindible de la dieta mediterránea como los numerosos estudios científicos, respaldados por acreditadas universidades internacionales, que concluyen que su consumo moderado puede comportar, en determinados casos, efectos beneficiosos para la salud.

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Los ataques sistemáticos que padece la industria vitivinícola han contribuido decisivamente a su desprestigio social, al cambio de hábitos de los consumidores y a la paulatina apuesta de las bodegas y cooperativas por los productos desalcoholizados o de baja graduación (las llamadas bebidas NoLo), una iniciativa dirigida a atender el incipiente nicho de mercado que se está creando pero que no puede compensar, hasta el momento, la magnitud de la bajada de la facturación.

¿Y por qué no mosto en lugar de vino desalcoholizado?

Las bodegas que están intentando adaptarse a esa línea de negocio han optado, de hecho, muy mayoritariamente, por desalcoholizar y desnaturalizar el vino (que, evidentemente, deja de serlo al eliminar el alcohol) en lugar de promover el consumo de mosto como complemento del vino, o sea, el zumo natural de la uva sin alcohol, cuya elaboración resultaría muchísimo más económica y natural, ya que se obtiene, simplemente, mediante el prensado del fruto antes de la fermentación. Lo que ha ocurrido, en realidad, es que ese producto, que tenía un mercado propio hace algunas décadas, fue condenado al ostracismo en beneficio de multitud de bebidas azucaradas y gasificadas artificialmente, mucho menos saludables, que producen y comercializan grandes multinacionales. Y, ahora, la dictadura de la moda, que no tiene por qué ser razonable, ha decidido darle protagonismo al «vino» desalcoholizado en lugar de recuperar el lógico papel del mosto.

Decálogo contra el vino

El aumento poblacional no detiene la bajada del consumo

Por otra parte, pese al constante aumento de la población residente en España, el consumo de vino sigue bajando. Desde 2020, el Instituto Nacional de Estadística (INE) contabiliza, año tras año, un incremento medio poblacional de unas 400.000 personas, que se nutre exclusivamente de inmigrantes que, aparentemente, no tienen el vino entre sus hábitos de consumo. Si las personas nacidas en el extranjero que viven en España (entre 9 y 10 millones de habitantes de los casi 50 millones contabilizados) no acostumbran a beber vino y los españoles originarios van perdiendo ese hábito, el resultado es inevitable.

El crecimiento del censo en España equivale, anualmente, a la población de una ciudad como Palma de Mallorca, la octava capital del país por número de habitantes. O dicho de otro modo, el aumento de residentes, que se produce año tras año, ya es superior a la población de 17 provincias españolas (Albacete, Cáceres, Burgos, Álava, Salamanca, La Rioja, Lugo, Orense, Guadalajara, Huesca, Cuenca, Zamora, Ávila, Palencia, Segovia, Teruel y Soria). Son datos que ilustran perfectamente la eclosión demográfica española, que en 2027 elevará ya la cifra total por encima de la barrera psicológica de los 50 millones de habitantes. A ello se añaden, los 96,8 millones de turistas extranjeros que se registraron en 2025, récord histórico absoluto, pese a lo cual, la realidad se impone y demuestra que España bebe, cada día, menos vino. El saludable estilo de vida mediterráneo cede ante los dictados de la globalización y la incorporación de otros productos, usos y costumbres que lo están sustituyendo.

REVISTA ENÓLOGOS – COVID – CONSUMO DE VINO – CONSUMO PER CÁPITA – CRIMINALIZACIÓN DEL ALCOHOL – OIVE – OMS – GOBIERNO DE ESPAÑA – HÁBITOS DE CONSUMO – SOCIEDAD LIGHT – SOCIEDAD WOKE – NUEVOS “ESPAÑOLES” – VINO BLANCO – VINO TINTO – WUHAN – CHINA – CORONAVIRUS – PALMA DE MALLORCA
Vista de Palma de Malorca. Fotografía: Anja (Pixabay).

La batalla del vino blanco y el ‘cannabis’ de George Soros

En este sentido, el aumento constatable, en los últimos años, de las ventas de vino blanco en detrimento del tinto evidencia el cambio de los gustos sociales, el peso creciente de la mujer en la tarta vinícola y la apuesta por un modelo más hedonista y casual, más ligero y superficial. El vino como mero disfrute ocasional y no como alimento o acompañante necesario de la alimentación. Ese modo de entender el consumo ya está reemplazando al que se asociaba, tradicionalmente, a la principal comida del día, generalmente acompañada de vino tinto (de mayor grado y cantidad calórica) y muy vinculado a los ámbitos familiar y laboral. Las rutinas diarias de hoy, tan distintas de las de ayer, han derivado, lógicamente, en un descenso del consumo de la bebida española y mediterránea por excelencia.

El cannabis, impulsado por George Soros, frente al vino

Por otra parte, el plan diseñado por el multimillonario George Soros para normalizar y popularizar en todo el mundo la producción y comercialización del cannabis para uso recreativo y sus derivados presuntamente terapéuticos, a partir de la prueba piloto aplicada en Uruguay en 2013, ha corrido en paralelo a las campañas indiscriminadas de castigo contra el alcohol de cualquier graduación. Desde muchos ámbitos oficiales, el vino se condena mientras se permiten, bendicen o promueven otros productos alternativos, entre los que el cannabis, convertido ilusoriamente en remedio eficaz contra todos los males imaginables, ocupa un lugar muy destacado. Ahora se vende como saludable lo que hasta ayer era droga. Y se califica como droga lo que antes era saludable. Para ello, medios públicos como TVE y privados, generosamente subvencionados, se erigen en augures iluminados de la nueva religión. Y el número de creyentes aumenta.

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El Covid marcó el inicio de la caída. ¿Y ahora, qué?

El Covid marcó el inicio de la caída del vino en España y la evolución social está haciendo el resto. Ante este desafío, la respuesta de las bodegas y cooperativas está siendo imaginativa y, en ocasiones, heroica, pero es una lucha de David contra Goliath que requeriría la adopción de soluciones integrales y coordinadas conjuntamente con la administración, una opción improbable, ya que, hasta la fecha, el Gobierno ha sido uno de los principales agentes desestabilizadores.

Tras el golpe que supuso la propagación del coronavirus, el mercado asistió, entre noviembre de 2022 y agosto de 2025, a una etapa de relativa estabilidad, con cifras de consumo situadas entre los 9,5 y los 9,9 millones de hectolitros anuales, de acuerdo a la información publicada por el OIVE.

No obstante, entre septiembre de 2025 y enero de 2026, el retroceso llegó hasta los 9,25 millones de hectolitros, una estadística que plantea una pregunta inquietante. ¿La caída del consumo de vino ha llegado a su fin o, por el contrario, continuará perforando los soportes conocidos en busca de nuevos mínimos históricos?

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