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Pablo Diaz Pintado y Pedro Pintado Villegas
Jueves 19 de octubre de 2017
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Fructuoso López Vaquero (Alcázar de San Juan, C. Real, 1948) lleva 40 años elaborando vino, lo que le convierte en uno de los enólogos más veteranos de España. Comenzó en la antigua Savin en 1975 y, hoy día, asesora a Bodegas Alonso Cuesta, donde crea vinos singulares y con carácter. Entre tanto, exploró nuevos caminos enológicos en la República Dominicana y Rumanía. En la actualidad, dirige el programa "Entre vías y vinos" en la cadena Ser de Alcázar de San Juan.
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15
MAR
2017

El enólogo Fructuoso López-Vaquero cede, en esta ocasión, su palestra en la revista "Enólogos" al enófilo Justo López Carreño, con motivo de la celebración, en Alcázar de San Juan (Ciudad Real), del VIII Concurso Regional "Vinos de la Tierra del Quijote".

 

He participado un año más en el VIII Concurso Regional de Vinos que bajo el eslogan "Mil no se equivocan" volvió a celebrarse el pasado sábado 11 de marzo de 2017 en el Pabellón Díaz-Miguel de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y tengo que ser forzosamente positivo y optimista en su valoración, aunque creo que también algunas sombras se ciernen sobre el acontecimiento que sería preciso disipar por el bien de su continuidad y, en definitiva, por la supervivencia y consolidación comercial de nuestro producto más extendido, el vino de La Mancha. Intentaré justificar ambos aspectos.

 

Este peculiar concurso, que surgió a iniciativa del entonces concejal de Turismo alcazareño, Ángel Parreño, allá por 2008 y tuvo en el reducto del Pasaje de la Plaza de España su edición experimental como cata para el juicio del público en general, se ha convertido en sucesivas ediciones en un acontecimiento que pone a los vinos de nuestra zona en el candelero de lo noticiable, en el reclamo de numerosas personas que se valen de la oportunidad para visitar la población y que, al igual que ocurre con la otra gran feria de nuestros vinos, FENAVIN, nacieron con vocación de experimento, acompañadas incluso del desdén de algunos profesionales del sector y, ahora, con el paso del tiempo, no solo se han consolidado sino que, dado su éxito de convocatoria, no pueden acoger todas las solicitudes de participación de numerosas personas, en el primer caso, y de una amplia variedad de bodegas y marcas, en el segundo.

 

Centrándome en el valor del concurso de los 1.000 catadores, considero que su principal virtud es que las personas que se acercan y catan los vinos, no tienen obligación de poseer una formación específica, sino que, simplemente, emiten su juicio, con unos ligeros consejos de procedimiento, para que su opinión sea el principal argumento de la bondad de lo analizado. Si lo que en el Pabellón tiene lugar se sometiese a los condicionantes técnicos, ambientales y de formación previa que suelen tener lugar en la catas profesionales, copadas por enólogos, sumillers y otros expertos en vinos, sería casi imposible llevar a cabo con estas dimensiones y, lo que es más grave, dejaría fuera la valoración de quienes luego tienen el mayor de los poderes, el de los consumidores diarios con su particular gusto.


Condiciones de la cata
Como enófilo, he participado en algunas catas de cierto nivel, gracias a la iniciación de mi primo y enólogo Fructuoso López, con el que también he logrado conocer muchos más secretos en veladas particulares con todo tipo de vinos y puedo asegurar que ser un buen catador no es fácil. Las necesarias condiciones ambientales de luz, ausencia de olores, fondos blancos, neutralización constante de las pruebas anteriores, etc... no permiten que eso esté al alcance de todos ni en cualquier momento. Pero esa misma razón lleva a considerar que esta cata multitudinaria reúne, pese a su masiva participación, los mínimos requisitos de rigor, seriedad, anonimato y solvencia como para resultar fiable ensu objetivo divulgador e incentivador de la cultura vinícola en nuestra zona, de la que tan necesitados estamos, por cierto, y pese a que pudiéramos creernos lo contrario.

 

Además, el paso de las ediciones ha conseguido que los niveles organizativos se hayan asentado eficazmente en un ejercicio de rapidez, método y amenidad encomiables para la magnitud de la velada y el amplio número de catadores.

 

El riesgo que se corre

Y por eso también corre un riesgo, una de esas sombras que se ciernen sobre el acto, tal como dije inicialmente. Si no se respetan las normas mínimas, las instrucciones de los jueces de mesa y el público deriva prematuramente en un festivo y anárquico rato de bebida indiscriminada, además de acompañarla veladamente por algunos que otros comestibles que se añoran por el estómago pero que son contraproducentes para la sensibilidad del paladar, habremos matado nuevamente a la gallina de los huevos de oro y la celebración se convertirá en una de tantas manifestaciones de gozoso y burdo pasatiempo alcohólico de las que tanto abundan en nuestro país, en otro botellón consentido con la hipocresía de la autoridad que lo organiza. Si, por el contrario, se respetan tiempos y fases, dejando finalmente que concluida la cata, se pase a la celebración culinaria que ofrecen los establecimientos de turno como colofón gastronómico pero diferenciado de la misma, el resultado será un acontecimiento cuya repercusión para el vino de La Mancha y para Alcázar de San Juan de incalculable valor. Y entonces también se disipará otra de las posibles sombras amenazantes de estos eventos, la de que los políticos de turno, con su miopía partidista, no intenten eliminarla o transformarla como venganza por no ser de su iniciativa y den lugar a nuevos inventos de dudosa continuidad que nos harían a todos el flaco favor de retroceder en lo que tanto esfuerzo ha costado conseguir.


Justo López Carreño
Marzo de 2017

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